Las instalaciones y las pinturas
de Daniel Fitte están
estrechamente ligadas entre sí. Lo ví todo
en su sitio, como un rompecabezas ya armado, cuando
estuve en su taller de Sierras Bayas, un pueblo
como muchos en Argentina, donde desapareció la
principal industria que lo sustentaba –en
este caso, una cementera- y el desierto, ese del
que hablan Sarmiento y Naipaul, ya avanza nuevamente.
De eso tratan sus instalaciones: los guantes de
trabajo, las cubetas, las bolsas, en fin, los elementos
abandonados.
Por otra parte, el paisaje desapacible e inquietante,
presagiante, que Fitte pinta no es otro que el que verdaderamente
rodea y encierra en su abrazo a ese pueblo que casualmente –insisto,
podría ser cualquier otro- se llama así.
C.M.C. |