Curaduría a cargo de Laura Isola
El arte de la diferencia
Si miro lo que está inmediatamente frente de mí, veo: una mujer de negro,
un hombre durmiendo,
un graffiti,
un perfil de un edificio
un pelotero,
unos niños jugando,
unos zapatos,
una escalera,
una araña colgada del techo sobre dos trajes de noche,
un camino,
unos tachos de basura con fuego,
una silueta de mujer,
una autopista
La lista debería seguir hasta dar un inventario aproximado del contenido de las obras de estos cuatro artistas. Sin embargo, un ejercicio semejante no es necesario para notar que la diferencia es el verdadero nexo de unión entre ellos. Que no hay que rodearlos sino tocar lo visible para imaginar que hay por detrás. Pero hay que enseñarle al ojo a ver cosas distintas sin que pretenda buscar, doméstico y acostumbrado, las líneas que conectan las fotos de Berlín de Freire con los trazos psicodélicos de las pinturas de Dani Dan. También el diálogo entre las ilustraciones de María Delia, tan inquietas y sugerentes, con los trazos delicados y fantásticos de Cohen. Cosas de chicas que serán, a su vez, tan opuestas en colores y formas. Por supuesto que es posible la costura que suture el abismo entre las palabras y las imágenes. En cambio, creo, que el hallazgo de una muestra colectiva es ver de qué modo la incomodidad de lo que no se parece, de lo que nada tiene que ver, redunda en la mirada.
Para Sebastián Freire, Berlín es, en sus fotos, esas ventanillas de subte por las que se entreve el sueño, el pensamiento y hasta la amenaza y esa visión es oscura pero alerta, fragmentaria pero unívoca. Lo que las enfrenta, tanto en la ubicación del espacio de la sala, como en la dimensión conceptual, son los trabajos de María Delia. Sus ilustraciones son bastante parecidas a un modelo para armar, toda obra lo es, en definitiva, y el espectador, un colaborador en el acabado final, ostensiblemente aquí las piezas están desparramadas en la superficie del papel y a jugar se ha dicho. La doble entrada que cada una ofrece pone, al mismo tiempo, patas para arriba el universo terminado. Donde en el trabajo de Freire hay encierro y vidrio que refleja, abominación borgeana de la reproducción infinita, en lo de María Delia hay límites que se corren, fronteras que se desplazan. En todo caso, en lo que se parecen es en dar las dos versiones de estar atrapado: dentro y fuera.
En las ilustraciones de Fernanda Cohen lo que aparece en primer plano no es todo lo que hay para ver. De sus dibujos brotan joyas y cabelleras rojísimas; carteras y zapatos que parecieran estar en consonancia con el mundo de la moda, desde su costado frívolo. Tal como se presenta, así desnuda, la crítica no es lo único que está en escena. Lo mejor de su obra, además de la refinada técnica, de la notable maestría de su trazo, es la ambigüedad que subyace que no decide si a favor o en contra. Por eso son inteligentes. Para Dani Dan, la infancia no es un territorio desconocido y lejano. Puede, desde sus pinturas, recrear el espacio de juego, del placer y del gusto por recordar lo que nos gustaba en aquella época. No son cuadros infantiles sino son obras que hacen de esa edad un laboratorio de experimentación. Si bien no es el tema de todos los cuadros, es la impronta que se detecta en el color desenfadado y explosivo, en la irreverencia de los materiales y la libertad del dibujo. Tampoco se parecen Cohen y Dan pero se ven bien juntos. Porque donde en lo de ella hay control y seguridad para resolver el problema, en él hay liberación y fuerza. Todos por algo están enfrentados. Casi por lo mismo que están juntos.
Laura Isola, mayo 2007
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