La fiesta de los monstruos
El arte y lo monstruoso reducen su existencia al imperativo de cada época. Es decir, en cada tiempo se definen a sí mismos, --¿qué es arte?, ¿cuáles son los monstruos?--, y de esta manera trazan el límite. Nuevamente, la condición necesaria de existencia es dotar negativamente a lo que no forma parte de. Sin embargo distinto de la psiquiatría, el arte integra a los monstruos a sus filas: los escribe, los pinta, los hace actuar, los esculpe y los vuelve sagrados. La disciplina científica los clasifica de diferentes maneras, al menos eso aprendimos con Foucault en su libro Los anormales de 1975. Mejor dicho, al menos yo, esto lo aprendí en Clases. Literatura y disidencia de Daniel Link, donde se explica que “el dominio de la anomalía durante el siglo XIX convoca y absorbe tres figuras previas: el monstruo humano, el incorregible y el pequeño masturbador”. Si el primero constituye el límite, “combina lo imposible y lo prohibido”, el segundo es el que requiere de la corrección permanente: en todo tiempo y lugar. Aquel que es el más difícil de asir. En cuanto a la tercera figura, exhibe las relaciones entre medicina y sexualidad y “el mal uso del cuerpo”. La masturbación como conducta a corregir.
Pero el arte no se aleja tanto del método clasificatorio, cuando este último se vuelve operativo para poner en palabras lo que se ve. Al menos en los cuadros de Gabriel Grün, “Hermafrodita” y “Aracné” son monstruos humanos. Pero a diferencia del ámbito jurídico que, justamente, condenaba el hermafroditismo por ir contra las leyes familiares y era un problema social, el pintor expresa en esos trazos, en la blancura del cuerpo y en la excelencia técnica de la articulación de los sexos, la potencia artística del monstruo. Lo hace conciente de su deformidad, le remarca lo abyecto y grotesco pero no como condena sino como salvación. No hay corrección posible en la mujer araña: hay naturalización de la deformidad y belleza en cada parte. En todo caso, la frontera de la perversión se corre y no es ya únicamente del monstruo. El artista también está atrapado.
Las dos pinturas de Eva Kazttor también pueden ser analizadas en esta clave. No tanto por los monstruos en escena sino por dos formas ligadas a la domesticación. Además hay un humor, una suerte de medio tono inspirado, que rescata a sus obras de la solemnidad. “La lección” es un buen ejemplo de los mecanismos del poder coercitivo de la pedagogía. El maestro vestido instruye a esas mujeres-animales desnudas. Les enseña ¿a caminar?, ¿a vestirse?, ¿historia del arte? Poco importa. En “Batalla mental” aparece el lugar común del desvío: la mente. Lo primitivo, lo atávico, la violencia y demás delicias que nos acechan y contra las que perdemos una y más peleas.
“Paradise cooming soon”, la serie de Pablo Fontes pareciera estar en el lugar opuesto. Ya desde el título esperanzado y bienhechor, ya desde la gama de colores refrescantes no hay indicios, a simple vista, de la amenaza. Bien dicho está: a simple vista. Porque en la obra de Fontes, en estas pinturas y en trabajos anteriores, la miniatura, el detalle escondido concentra el sentido de lo inquietante. Lo que se vuelve extraño en el espacio de lo domestico es algo del orden de lo siniestro y algo de eso hay en los cuadros. Justamente en éstos está su familia, su infancia y su entorno, surfeando por superficie obsesiva de la tela. Pintados como retratos liliputienses por el artista Gulliver o por el reductor de personas, como si fuera un experimento a la medida de los cuentos de Hoffmann.
Por último, de las pinturas de Gonzalo Elvira se ha retirado el cuerpo humano. Lo ¿sustituye? otra carne: la de vaca. La media res es el inicio abrupto de un ordenamiento diferente, aunque muy tradicional en la cultura argentina. Desde El matadero de Echeverría y su sanguinolenta sátira política, la carne de vaca se constituye en el alter ego de la violencia política, de la riqueza nacional y de la barbarie. Ser bárbaro o monstruo es análogo en la explicación imposible del ser nacional. Ante el monstruo (“Sombra terrible”), la civilización, la normalización, la pedagogía. Esto funciona en la vida. Porque el arte es otra cosa.
Laura Isola
Agosto de 2007
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